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lunes, 24 de enero de 2011

Soy Dios: La carta Informal del Padre



La Verdad es demasiado grande para que pueda ser comprendida por una sola mente humana o descrita en un libro.

Soy Dios.
Vaya, ya estamos, mientras unos pocos han leído mi presentación con curiosidad, la mayoría se han molestado pensando que soy un hereje y otros muchos se lo toman a risa pensando que soy un gracioso.
En fin, no es culpa vuestra, al fin y al cabo así es como os hice hace casi seis mil años.
No me arrepiento de haberos creado aunque en los últimos quinientos años me estáis dando más trabajo que todo el que he realizado en toda la eternidad. Pero el caso es que ya no puedo más, si no os detenéis voy a tener que tirar la toalla y, una de dos, habrá llegado el momento de celebrar el Juicio Final (cosa que no me apetece nada) o tendré que dejaros apañaros solos en el universo que me habéis obligado a crear para vosotros.
Será mejor que me explique ya que a pesar de todas las iglesias que habéis creado para intentar entenderme nunca ha habido nadie que se acerque ni siquiera a la cuarta parte del camino.
Hace seis mil años y pico yo era el ser más feliz de este universo: Era el único que existía, claro.
Yo soy anterior al universo: lo creé y me salió redondo (en realidad semiesférico, una superficie plana con tierras, ríos y mares cubierta con una semiesfera luminosa). Después me lo quedé mirando y pensé: "¡qué bonito! ¿Para qué podría servir?". No tenía ni idea, así que me puse a experimentar a ver lo que salía.
Al tercer día de experimentar me salió una cosa bastante maja, eran unos seres físicos, hechos de materia capaz de absorber energía y transformarla en organización. Esos seres, a los que llamé plantas, eran capaces de alimentarse de materia inerte y energía y asimilarla para formar parte de sí misma. También eran capaces de reproducirse ¡por sí mismas, sin que yo tuviese que crear nuevos especímenes! Me pareció algo tan fantástico que llené el planeta de ellas.
Claro que para que las plantas tuvieran energía necesitaban una luz más fuerte que la luz difusa que recibían durante todo el día así que dediqué el siguiente día a crear un sol que diera vueltas alrededor de la Tierra con el fin de iluminar el día. Ya de paso, como me pareció bonito, puse una luna que iluminara la noche.
El quinto día pensaba crear más plantas para habitar el fondo de los mares pero se me ocurrió cambiar un poco el diseño y, ¡vaya! no imaginaba lo que me iba a salir. Creé todo tipo de bacterias, moluscos, peces y hasta cetáceos.
Entre los peces me salieron unos muy curiosos capaces de volar por encima de las aguas. Bueno, por qué no, aquella misma tarde diseñé y creé unos animales con alas capaces de volar. Las llamé aves.
La verdad es que me entusiasmé y en el sexto día diseñé y creé todo tipo de animales terrestres, reptiles, anfibios y mamíferos y mientras más nuevas especies creaba más me maravillaba de las posibilidades que tenían.
Por fin, ya a punto de terminar el día, recapitulé sobre todo lo que había hecho y aprendido en esos seis días de creación. ¿Sería posible, pensé, crear unos seres capaces de ser conscientes de su propia existencia tal como yo lo era de la mía?
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¿Me equivoqué? ¿Hice bien? Millones de veces desde entonces me he arrepentido de crear al Hombre, en varias ocasiones he tomado la firme determinación de borrarlos de la creación pero no he podido. Creé unos seres demasiado parecidos a mí mismo, curiosos, inquisitivos, queriendo conocer todas las respuestas, con un ansia irresistible de saber y de libertad.
Coloqué a la primera pareja que creé en un jardín donde nada les faltara pero ya desde entonces sabía que las cosas no tardarían en torcerse. El ansia de libertad del Hombre era tan grande como la mía y apenas llevaban unos pocos meses en ese maravilloso paraíso que creé para ellos cuando empezaron a mirarme con desconfianza. Me conocían, me habían tratado prácticamente desde el primer día, me había manifestado ante ellos con toda la confianza que era capaz de darles, pero a pesar de todo, por el hecho de que me veían tan superior a ellos, empezaron a mirarme con miedo y desconfianza.
¿Cómo era posible, cuando los había creado del barro, les había dado todo lo que tenían, les había hecho tal como eran?
Me sentí dolido cuando empezaron a esconderse de mí. Yo podía verlos en cualquier momento, podía ver cualquier punto del universo que había creado, pero a veces entraba en ese universo, asumía una forma similar a la del Hombre y paseaba por el Edén. Una vez iba a visitarlos para entablar conversación cuando me di cuenta de que se ocultaban de mí.
Tardé tiempo en darme cuenta del error cometido: Ellos querían ser libres, pero mientras yo existiese no podrían llegar a serlo. Cualquier pretensión de libertad sería ilusorio pues, ¿no los había creado yo? ¿Cómo podrían entonces considerarse libres si sabían que eran unos artefactos creados por mí?
Había una sola forma en que podrían abrir la puerta a la libertad: Esa puerta era la desobediencia.
Yo les había hecho libres pero también les había dado unas normas. Mientras siguieran esas normas seguirían considerándose mis marionetas. Ahora bien, lo que Adán y Eva hicieron (juntos, por cierto, eso de que fue Eva la corruptora de Adán fue un mito creado por el misógino de Abraham), lo que hicieron, digo, fue decidir, por su cuenta y riesgo, que una de las normas que yo les había dado era injusta.
No era injusta, yo solo quería protegerlos, pero ellos no aceptaron esa protección, se rebelaron y cuando intenté reprenderlos por ello se mostraron insolentes acusándome de ser un tirano.
Los arrojé del paraíso. Los condené a luchar duramente para conseguir el sustento, los castigué con crueles dolores, con la vejez y la muerte, pero no se arrepintieron. A veces, siendo Adán ya un viejo de más de novecientos años le observaba intentando detectar un signo de arrepentimiento, de su deseo de volver al paraíso. En vano, Adán era feliz trabajando las tierras, defendiéndose de las fieras, soportando sequías e inundaciones. Incluso cuando vio a su hijo Caín convertido en asesino y después en un vagabundo atormentado por los remordimientos, ni siquiera entonces Adán se arrepintió de su rebelión contra mí. Sí, tanto Adán como Eva lloraron durante años por el paraíso perdido pero al final de sus días, si les hubiera abierto las puertas del Edén ellos no hubieran querido volver.
Tardé mucho tiempo en olvidar a Adán y Eva, mis primeras criaturas y aunque muchas veces llegué a aparecerme a otros hombres sólo Enoch me cayó lo suficientemente bien como para pasar mucho tiempo con él en largas, larguísimas conversaciones.
Los descendientes de Adán y Eva se multiplicaban tanto que poblaron casi toda la tierra que había creado así que la tuve que hacer más grande, creando nuevas cordilleras, llanuras, ríos y mares. Alguna vez, sin que me diera cuenta, ocurrió que un hombre llegó al borde del mundo. Bueno, eso sería como si a un mago le descubrieran el truco más difícil de su repertorio así que hice la Tierra lo suficientemente grande como para que nadie llegara a su borde nunca más.
Durante muchos siglos los hombres vivieron una vida de vicios y pecados, sin preocuparse por las consecuencias de sus actos. Yo los observaba y aunque a veces encontraba buenas personas, la mayoría de las veces acababa decepcionado.
Una vez me harté y estuve a punto de destruir la raza humana. Si no llega a ser por Noé y por lo bien que tocaba la flauta... en fin, no fui capaz de matarlo a él ni a su familia.
Aún así, conforme pasaban los siglos me daba cuenta de que algo estaba haciendo mal. ¿Cómo era posible que tantas personas fueran egoístas, crueles y traidoras? ¿Por qué había tan pocas buenas personas?
No sabía si era que los había diseñado mal o qué podía ser, pero empecé a pensar que el problema podía estar en mí. Quizás no había sido lo bastante claro con mis deseos.
¿He explicado ya cuáles eran mis deseos? Lo único que yo quería era sentirme orgulloso de las criaturas que había creado, tener la satisfacción de que fueran capaces de sobresalir como los reyes de la creación, como las criaturas más perfectas que había creado.
Sólo quería reconocimiento, ¿era mucho pedir? Pero cuando los hombres, una vez tras otra, me daban la espalda, me despreciaban y condenaban, incluso eran capaces de juzgarme ¡A MI! y considerarme cruel, malo e injusto, yo no podía evitar sentirme dolido, molesto, irritado, furioso contra ellos.
Empezaron a inventar otros dioses, sabiendo que yo era el único dios existente, sabiendo lo que aquello podría dolerme, inventaron otros muchos dioses a los que adorar. En esos inexistentes dioses el Hombre volcó sus más insanas perversiones y crueldades llegando al extremo de sacrificar las vidas de sus hijos en horrorosos holocaustos.
Yo jamás había pedido un sacrificio ¿qué podían darme los hombres que yo no pudiese conseguir por mis propios medios?

Una vez pensé encontrar un hombre que podría entender mi obra y mis deseos y los podría comunicar a otros hombres. Se llamaba Abraham e hice con él un pacto: si él obedecía una serie de mandamientos le daría una tierra maravillosa y una innumerable descendencia.
¿Qué puedo decir?, otra vez pequé de iluso. Abraham tomó mis palabras como una especie de permiso para cometer todos los desmanes imaginables con otros semejantes suyos. Yo intentaba dirigirlo por un camino determinado pero a veces era él quien hacía, no lo que yo decía, sino lo que él consideraba que yo debía decir.
Un par de veces lo abandoné pero siempre volvía a echarle una mano pues si no era él ¿quién de entre todos los hombres podría llegar a conocer mis deseos?

Ya para entonces me había dado cuenta de que andar entre los hombres, conversar con ellos haciéndoles ver que yo era Dios era contraproducente: o se sumían en la más abyecta y vergonzosa humillación o me hablaban con altanería asumiendo que sabían mejor que yo mismo cuáles eran mis deseos.

Como cuando Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo. ¿Quién demonios le había pedido un sacrificio tan sangriento como inútil? Además, ¡su propio hijo, su primogénito!

Tanta barbarie y estupidez me dejaron tan decepcionado que después de impedir aquel sacrificio me dediqué a otras tareas y me olvidé durante un par de siglos de Abraham y sus descendientes.

En realidad estuve bastante ocupado, desde los tiempos de Noé la población de la Tierra era cada vez más grande, hasta el punto de que se habían extendido por tierras muy alejadas. Empeñado en que no volvieran a pillarme con la guardia baja se me ocurrió una forma de que ninguna otra vez ningún hombre llegara de nuevo al borde del mundo: ¡Hice que la Tierra fuera redonda!. Tuve que cambiar varias leyes físicas para que en cualquier parte del mundo la gente cayese hacia el suelo pero al fin y al cabo no fue más difícil que otras cosas que había hecho antes.
Los sacerdotes de varias religiones empezaron a medir las salidas y ocasos del Sol, la Luna y las estrellas, y aunque hasta entonces no había sido muy escrupuloso en esos detalles, tuve que hacer que los movimientos del Sol, la Luna, y la bóveda celeste, donde estaban pintadas las estrellas, se movieran según unas leyes que se correspondiera con las observaciones de la época. Desde entonces hice que los astros se movieran con notable precisión con el fin de que los astrónomos babilónicos y egipcios no descubrieran interferencias que les hicieran sospechar mi presencia.

¿Por qué ese empeño en ocultarme? No os extrañe, cuando un padre no hace más que recibir afrentas y desprecios de sus hijos, al final no le queda más remedio que mantenerse al margen e intentar no interferir en su vida. Fue lo que hice yo, me mantuve al margen mientras mis criaturas adoraban a falsos dioses, hacían cruentos sacrificios humanos, se enfrentaban en estúpidas guerras sin piedad por los vencidos. Y lo que más me dolía era que gran parte de las crueldades que cometían lo hacían en mi nombre, como si yo les hubiera pedido que mataran y fueran intolerantes con los que no opinaban como ellos.

Sí, lo reconozco, en ocasiones me sentí halagado por la adoración de algunas de mis criaturas y realicé algunos milagros, pero ni la centésima parte de los que luego me atribuyeron. Y no me centré en una sola religión, al fin y al cabo yo era el dios creador de todos, no solo de los descendientes de Abraham. Así que durante algún tiempo protagonicé algunas divertidas historias desde China hasta Knossos, desde el Cabo hasta Nordheim, desde el Yukon a la Patagonia. No me olvidé de los judíos, pero ellos sí habían olvidado mis enseñanzas, y después de muchas vicisitudes acabaron como esclavos en Egipto.
Me quedé sin pueblo elegido, tampoco es que los echara de menos, en los últimos siglos se habían vuelto rencorosos, vengativos y se habían hecho la idea de que yo los iba a proteger siempre. Sin embargo me llevé una sorpresa cuando, aprovechando una serie de coincidencias afortunadas los judíos y otras varias razas de esclavos que había en Egipto pudieron escapar impunemente hacia las tierras que yo había prometido a Abraham. A su frente estaba Moisés, un hebreo que había recibido instrucción sacerdotal en Egipto y había robado escritos sagrados de Amón y otros dioses egipcios. Habló a los judíos de un Único Dios Creador que les había liberado tras siglos de esclavitud e hizo que lo siguieran a la Tierra Prometida.

La verdad, yo no había hecho nada por ellos desde la muerte de Abraham, aunque un día tuve una pelea con un hombre en el desierto y no quise usar mis poderes de Dios así que solo usé las fuerzas del cuerpo que en ese momento estaba ocupando y luego resultó ser un descendiente de Abraham.
El caso es que Moisés iba contando graciosas historias sobre mí pero lo que más me gustó era que, por la educación recibida, había integrado varias ideas de varias religiones y había establecido una especie de normas éticas que todos los judíos debían seguir para "seguir disfrutando de mis favores".

Normas éticas, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Leí en su mente las normas que él había imaginado, me gustaron bastante y pensé que si podía conseguir que los judíos obedecieran esas normas volvería a adoptarlos como pueblo elegido.
Al llegar cerca de un monte me aparecí ante Moisés en medio de rayos y truenos espantando a todos los judíos con el fin de impresionarlos y que no olvidaran nunca mi aparición. El mismo Moisés se asustó tanto que se meó allí mismo, hacía tiempo que no me reía de esa forma.
Entregué a Moisés unas tablas de mármol sagrado con los mandamientos que él había imaginado y con algunas correcciones. Imaginé que si los judíos podían obedecer esos mandamientos por fin tendría un pueblo elegido tal como yo deseaba que fueran los hombres.
Y luego... bueno, no llevaban más que unos pocos meses desde que les di esos mandamientos cuando llegaron a un pueblo y masacraron a todos sus habitantes, incluso a los niños.
Al llegar a Canaán los judíos codiciaron los bienes ajenos, violaron mujeres, mataron niños, estafaron, engañaron, llegando en menos de un año a realizar tales actos de barbarie dirigidos por Josué, el sucesor de Moisés, que me sentí de nuevo asqueado. Pero esta vez también me sentí asqueado de mí mismo.

Durante varios años, con la esperanza de que tarde o temprano aprenderían a amarme y amar a su prójimo, les estuve ayudando en sus batallas, una vez incluso hice que se detuviera el sol para que los judíos tuvieran tiempo de terminar una batalla. Ahora lo recuerdo y me arrepiento: ¿cómo pude ayudarlos? En aquel momento pensaba que era lo mejor, que todo era con un buen fin y que si los mandamientos llegaban a ser conocidos por otros pueblos quizás la Tierra podría parecerse un poco al paraíso que yo soñaba.
Fue inútil, a pesar de mi ayuda, a pesar de decenas de milagros, a pesar de mis intervenciones, ni los judíos acababan por abrazar mis mandamientos ni los no judíos intentaban llegar a conocerlos. Ni siquiera los más altos sacerdotes me hacían caso, sencillamente, cuando no les gustaba lo que yo les decía, suponían que era otro ser divino al que dieron el nombre de El Adversario.
Literalmente, me harté, nada de lo que hice durante siglos sirvió de nada, ni siquiera mis apariciones milagrosas ni el dictar los mandamientos a Moisés. Juré que nunca más me dejaría engañar por un pueblo tan díscolo como los judíos que se creían tan sacrosantos que hasta rechazaban a su Dios cuando no estaban de acuerdo con él.

De nuevo me alejé de ellos e inicié una serie de visitas a la Tierra, donde intenté vivir como los hombres durante una época. Renuncié a usar mis poderes, intenté vivir tal como vivían los hombres, viví varias vidas, luché en guerras, parí, me ahogué en un naufragio, me enamoré.
Mientras más me acercaba a los hombres más los conocía, aunque aún no era capaz de comprender todos sus actos. Descubrí que el placer del sexo, algo que siempre me había parecido una desagradable necesidad, podía ser algo divertido, lo experimenté como hombre y como mujer en varias vidas distintas. También experimenté el trauma de una violación, la agonía de una dolorosa enfermedad, el maravilloso dolor de un parto, la alegría del triunfo tras un sobrehumano esfuerzo.
Fui hijo, hija, madre, padre, abuelo. Fui esclavo, pirata, soldado, tornero. Mientras más vidas vivía más amaba la vida y más cerca estaba del hombre. Ya no estaba tan pendiente por saber TODO lo que ocurría en el universo, y entonces ocurrió.
Un hombre, en la India, se convirtió en Santo. Aunque yo no había estado pendiente, lo supe en el mismo momento en que ocurrió, un segundo después supe todo lo que había que saber sobre él y quedé tan impresionado que pensé aparecerme ante él para darme a conocer.
No lo hice y fue lo mejor pues por fin había encontrado lo que había estado buscando durante miles de años sin encontrarlo: Un hombre que libremente, sin haber tenido ninguna experiencia milagrosa, había convertido su vida en un milagro.
En aquél momento yo era un viejo soldado y pensé abandonar ese viejo cascarón para volar a la India y manifestarme ante él pero pensé: "¿Qué haría él?". Aguantando mi impaciencia, agarré mi cayado, me despedí de mis hijos y nietos e hice el camino andando a lo largo de más de cinco mil kilómetros, hasta llegar hasta él.
Le seguí y le admiré mientras mi viejo cuerpo pudo aguantar. Después permanecí desencarnado durante algún tiempo observándolo, pero no era lo mismo. Volví a encarnarme y le seguí de nuevo, esta vez como un niño admirado de su sabiduría.
¿Os sorprendéis? ¿Creíais que yo lo sabía todo? No, yo puedo saber todo lo que ocurre en el universo, cualquier cosa que quiera saber está ahí, lista para quedar a mi disposición en el momento en que me interese. También puedo "calcular" lo que va a pasar en un futuro más o menos cercano. Pero llegar a conocer el verdadero interior de una persona está por encima de mis posibilidades. Sólo puedo ver los actos, comprender las motivaciones pero calcular lo que una persona va a hacer, sobre todo algunas personas, es una tarea imposible.

Cuando Buda murió, lloró un mundo. Durante mucho tiempo Buda había sido seguido por cientos, miles de discípulos y entre ellos había sembrado una llama que en los siglos posteriores siguió iluminando a muchos grandes sabios.
Su doctrina influyó poderosamente en otros pueblos y se extendió de uno a otro confín de Asia. También yo, durante un tiempo, me dediqué a difundir la doctrina de Buda como un misionero más.
Durante varios años me replanteé mi creación. A lo largo de miles de años había intentado que los hombres siguieran un camino y nunca lo conseguí. Y un día, sin que yo hubiera intervenido en absoluto, un hombre consiguió lo que yo no había podido.
Y algo que descubrí fue que las personas que tenían más motivos para conocer mi existencia, los judíos, eran los más intolerantes de todos los humanos existentes. Otros pueblos, en cambio, siendo ateos, idólatras, politeístas o paganos tenían un carácter mucho más capaz de amar y convivir con sus semejantes.
Pensé que tal vez estaba equivocado, quizás el secreto estaba en dejarlos solos, en que no adorasen ni temiesen a ningún dios sino que descubrieran por sí mismos el secreto de la vida.

Me hice la firme promesa de no volver jamás a intervenir en los asuntos de los hombres, de convertirme en un mero espectador contemplando su obra. Incluso quise ocultar mi existencia aunque ya era bastante tarde, mucha gente me había tratado aunque hacía ya varios siglos que no me presentaba a nadie como Dios. Los sacerdotes judíos seguían conociendo mi existencia pero ¿cuánto de esas creencias era aceptado como un hecho cierto y cuanto como mito? Y mientras más tiempo pasaba más difícil sería para la gente recordar que alguna vez existí.
Había un problema, el mismo universo, su existencia era una prueba palpable de la mía. Conforme pasara el tiempo los filósofos griegos y egipcios encontrarían las pruebas palpables de mi existencia y eso tampoco era lo que yo quería.
¿Qué quería yo?
Durante cuatro mil años había intentado guiar al hombre a través de la historia pero ¿hacia dónde?
Ahora por fin lo entendí, para mí no era importante la adoración de los hombres, ni su pleitesía ¿Cómo describirlo?. Para mí lo importante era ver crecer a mis criaturas para convertirse... ¿en qué?
La idea estaba ahí, a punto para iluminar mi entendimiento, como se dice, en la punta de la lengua, ¿por qué me costaba tanto dar con ella?.
Quería sentirme orgulloso de mis criaturas, de mis hijos. Quería que crecieran y se hicieran libres y que fueran...
Como yo.

Quería que fueran sabios, que crecieran y que, aunque tardasen miles de años en conseguirlo llegaran a ser lo mismo que yo era.
Dioses.
Para conseguirlo tenían que creer que eran libres no pensar que eran marionetas. Yo los creé pero nunca los consideré marionetas, quería que fueran libres.
Pero si ellos supieran que yo existía y que los había creado como un experimento, sin saber siquiera lo que iba a salir, nunca tendrían la fe en sí mismos que les haría falta para ser libres.
Inicié una campaña para ocultar mi existencia, intenté calcular como se desarrollaría el futuro y me propuse que por mucho que la filosofía y la ciencia adelantaran nunca se pudiera probar mi existencia.
¿Cómo hacerlo? En cuanto los científicos avanzaran lo suficiente descubrirían que no había más explicación a la existencia del universo que el hecho de que hubiese sido creado.

Me devané los sesos hasta dar con la solución, tenía que recrear el universo de tal forma que pareciera que había llegado a existir por causas naturales, sin ningún tipo de intervención divina.
No podéis ni imaginar la de cálculos que tuve que realizar. Imaginé unas quince maneras en que podría crear un universo que pudiera evolucionar por sí mismo para generar vida inteligente sin mi intervención. Sólo tenía que lanzar el proceso y todo lo demás se haría solo, pero no era eso lo que yo quería. Yo quería recrear el universo alrededor de Mi mundo sin que sus habitantes se dieran cuenta, que no notaran ningún cambio y que les pareciera que siempre había sido así. Al final solo encontré tres universos posibles que permitirían vida inteligente parecida a la que yo había creado.
Una vez elegido uno de esos tres modelos remodelé mi universo haciéndolo tan grande como la vía láctea. No solo creé una galaxia, tuve que crear también todos los rayos de luz dirigidos a la Tierra que cien mil millones de estrellas hubieran emitido de haber existido realmente desde antes de que las hubiera creado.
¿Imagináis que fue fácil?. No tenéis ni idea de la cantidad de fotones que tuve que crear para que en este momento creáis ver estrellas que en realidad fueron creadas hace unos dos mil años.
También la vida había sido otro milagro, algo que de forma espontánea jamás podría haberse producido en el universo tal como era entonces. Cambié varias constantes físicas del universo lo suficiente para que la vida fuera posible.

También tuve que imaginar una evolución para que cuando vosotros aprendierais lo suficiente pudierais entender lo que yo quería que entendiereis. Calculé como sería la Tierra si hubiese surgido espontáneamente de forma natural. Después remodelé el interior de la Tierra para adecuarlo a mis cálculos, creé las capas y estratos que en el futuro os permitirían comprender la geomorfología y orogénesis que yo había inventado para el planeta.
Calculé que para llegar al hombre de forma natural harían falta unos mil o dos mil millones de años de evolución. Fui generoso, así que le di a la Tierra la apariencia que tendría si hubiera tenido cinco mil millones de años de edad. Y los estratos más recientes los llené de huesos fosilizados, restos orgánicos y herramientas con aspecto de haber sido talladas por manos prehistóricas.
En resumen, hice un trabajo tan completo y cuidadoso disfrazando la realidad que aún hoy, después de siglos de progreso científico, los astrónomos, biólogos, químicos, arqueólogos y demás científicos no han podido encontrar ninguna fisura en mi universo.
Eso sí, tal como en la antigüedad tuve que hacer más grande el mundo, también ahora tengo que hacer el universo cada vez más grande. Cada vez que construís un nuevo telescopio más potente, tengo que extender un poco más los límites del universo. Y no sólo crear una lejana galaxia, sino decidir cuándo se ha creado y calcular y crear todos los fotones que hubiera emitido en dirección a la Tierra de haber existido desde hace cientos de millones de años. Al menos así lo hacía antes, pero últimamente me lo habéis puesto tan difícil que lo que hago es crear los rayos de luz directamente. Así, cuando los científicos descubren una nueva galaxia a mil millones de años luz de distancia, en realidad esa galaxia no existe, ni ha existido nunca, ni siquiera me molesto en crearla. Simplemente creo los rayos de luz que recibiríais si realmente hubiese existido.
Pensaréis que entonces resulta que soy un gran embustero al crear esos rayos de luz, al inventarme la deriva de los continentes, al crear huesos de dinosaurios y australopitecos que en realidad nunca existieron.
Pero lo hago por vuestro bien, para que podáis dejar de creer en mí, para que no seáis siempre unos bebés dependiendo de un ser superior y os hagáis adultos.
Un padre quiere que sus hijos crezcan y se hagan capaces de ganar su independencia.
Yo quiero que seáis libres y no dependáis de mí, que crezcáis para que algún día lleguéis a ser tan sabios y poderosos como yo.
Quisiera mirar a la Tierra, contemplaros y sentirme orgulloso de vosotros. Y que crezcáis hasta que algún día me descubráis de nuevo, pero no como a un ser superior sino como a un igual, como a un amigo.
Hasta entonces, seguid creciendo.
Dios.

P.S. Si alguno piensa que esta carta es una prueba de que existo, olvidadlo, en realidad no la he escrito directamente sino que se la he inspirado a un aspirante a escritor (inspiración divina, ya sabéis) pero él ni siquiera sabe que cada palabra ha sido dictada por mí, sino que se cree que es muy ingenioso al "inventarse" todo esto.
No intentéis sacarlo de su error, al fin y al cabo ¿cómo puede nadie asegurar que no es él el que tiene razón y que yo no existo?

NOTA: El escrito original no recuerdo en donde está pero si alguien lo sabe pongan el link por favor

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